Martes, 15 Octubre 2013 19:39

Por su firma los conoceréis

Llevo algunos años componiendo un particular tratado de psicología del que en ocasiones daré cuenta. La intuición básica de dicho trabajo reside en la convicción, definitiva ya después de mis años de investigación, de que los complementos que los humanos utilizamos en nuestros apareceres públicos (vestimentas, gafas de sol, artilugios varios que penden de nuestro cuerpo…), no sólo expresan lo que somos sino que, al final, acaban tiranizándonos de tal modo que acabamos siendo como ellos quieren.

Pongamos un ejemplo: esta semana se juega el partido entre España y Georgia en Albacete. Probablemente aparezca en nuestras pantallas de la televisión algún espectador que ha tenido a bien colocar sobre su cabeza un gorro típico de arlequín; estoy seguro que lo hará como expresión desenfadada de fiesta puesto que la ocasión lo merece y no viene mal liberarse un par de horas de tanto corsé y tanta normalidad cotidiana. Pues bien … hasta ahí… todo comprensible. El problema viene después. Según mis investigaciones, ese individuo, que empezó a ponerse el disfraz por desenfado y jovialidad, acabará siendo un payaso el resto de su vida. Ojo, no payaso de profesión, dignísima por otra parte, sino payaso entendiendo lo que esta palabra significa como adjetivo.

Algo así nos pasa también con nuestras firmas. Nuestra manera de firmar no solo es una expresión, incluso artística, de lo que somos, sino que –y esto es lo grave- nuestra firma nos fagotiza y acabamos siendo como ella nos dice. Y si no, hagan el ejercicio de firmar, y verán como es cierto. Notarán como su propia firma le dicta su personalidad.

La única firma transparente sería la dactilar. Pero ya casi nadie la utiliza aunque paradójicamente hoy se pone de moda en su versión digital como un mecanismo de seguridad, para fichar en ciertos centros de trabajo o como clave para desbloquear el iphone 5S.  Cuanto más compleja sea nuestra firma, con más infelicidad viviremos porque nos veremos obligados a ser como ella.

Un peligro añadido de cualquier firma es la rúbrica, puesto que cuando acaba tapando al nombre o dificultando su lectura, significa que  poco a poco iremos pediendo nuestra personalidad conformándonos más con el resto de los mortales, a imagen y semejanza de las modas del momento y del dictado de los poderosos. Y la mayor catástrofe que nos puede ocurrir con nuestra firma es renunciar, incluso, a poner el nombre. Hay quienes sólo firman haciendo la rúbrica, sin nombre. Hasta incluso alabamos esa costumbre cuando decimos … ¡que rúbrica más bonita tienes!... Pero en ese momento….tiemblen… su vida se le habrá ido de sus manos. Su vida… toda su vida será insignificante. A usted sólo se le recordará por su rúbrica. ¡Qué triste!

Yo, por eso, en mi tratado de psicología, abogo por volver a firmar con nuestra huella dactilar. En el fondo creo que a mayor invisibilidad social, paradójicamente, mayor protagonismo auténtico y contundente en la historia. De lo contrario pervertiremos nuestra memoria. Porque de lo que no cabe duda es que lo que se ha conseguido con la beatificación de los 522 mártires este pasado fin de semana en Tarragona, ha sido borrar sus huellas invisibles, suyas y auténticas, y han sido canjeadas por unos cuantos minutos de prime time eclesial al servicio de un episcopado desvencijado o por lo menos bicéfalo. Este es un buen ejemplo de cómo la rúbrica, no solo anula, sino que sustituye al nombre.

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