Martes, 25 Marzo 2014 12:48

Cuaresma

Si no existiera la Cuaresma, desde luego, habría que inventarla. Como los reyes magos, viene cargada de regalos interesantes e incluso, más allá del dicho tradicional,  en este tiempo lo amargo parece saber a dulce.

No tienen la sensación de que en Cuaresma todo disminuye. Disminuye el invierno que deviene ya primavera. Por las noches refresca, pero se lleva mejor y los rescoldos gélidos los encajamos con mejor talante.

Disminuyen nuestras quejas institucionales como Iglesia. La liturgia, los vía crucis, las misas de hermandad,… todo eso nos fortalece a la hora de encajar la cruz, la incomprensión y los desaguisados que durante todo el año tenemos, pero que, en cuaresma, es como si su digestión fuera más espiritual.

Qué decir de San José, que siempre ronda la Cuaresma. Su silencio providente en los evangelios nos invita a callar cuando todo parece  que se nos vuelve en contra. Y ahí el silencio no es humillación, sino virtud.

La secularización de la que tan amargamente nos quejamos en otros momentos del año, parece que en estos cuarentas días no existe. Y así, casi nadie discute las procesiones por la calle, aunque desde el punto de vista sociológico no dejen de ser sino una manifiesta muestra de nuestra identidad católica, que en otras ocasiones resulta molesta.

Más aún si a algún católico despistado, invirtiendo los papeles, osara cuestionarlas, probablemente el agnóstico más recalcitrante diría que ¡cómo vamos a renunciar a este acervo cultural que son las procesiones!

Lo dicho, la cuaresma, un tiempo que si no existiera, debería inventarse. Aunque solo sea por cuarenta días, parece que recobramos el sentido común.

¿O me lo hace a mí la vista?

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